noviembre 14, 2011
Una leyenda del canto lírico
Posted on 2:48 a. m. by Forum Venezuela
La Ópera no es sólo un arte rigurosamente exigente en su producción integral, como espectáculo, la cual demanda estricta rigurosidad en su diseño y montaje, sino que muy rara vez logra el éxito total en una presentación cualquiera, aun en teatros de excelencia como la Scala de Milán, el Covent Garden de Londres, el Metropolitano de Nueva York o el Colón de Buenos Aires. El propósito ideal de la ópera -alcanzar una síntesis de todas las artes: literatura, música, perspectiva, ballet, actuación- explica su misma inalcanzable perfección.
Dentro de tales requerimientos, la representación de una
ópera cualquiera puede defraudar al público presente, bien por causa de un libreto
inadecuado, un diseño escenográfico impropio, la dirección de escena o la conducción
de la orquesta. El espectador en estos casos, experto u ordinario, se muestra
generalmente tolerante en disculpar fallas en uno u otro sentido. Mas no sucede
lo mismo con el desempeño de los cantantes.
Para el “operómano”
experimentado el desempeño de los cantantes es “casi todo” en una función de ópera:
si el tenor o la soprano, el barítono o el bajo. y hasta el coro mismo no cumplen
a cabalidad con su papel, el espectáculo todo se viene abajo. Y es que la voz
humana tiene una característica de excepción: es el único instrumento musical
que incorpora el sonido hablado. Por ello el canto lírico requiere una
especialísima preparación por parte del artista, y una particular sensibilidad y experiencia del
espectador enamorado de la voz humana en su máxima expresión.
Ello explica que los aficionados a la ópera suelan hablar
y discutir preferentemente acerca de los grandes cantantes del género que de
los compositores del mismo. En el pasado cercano, Enrico Caruso (tenor) Claudia
Muzio (soprano) Titta Rufo (barítono) y Feodor Chaliapin, (bajo) y sus
correspondientes modernos, Plácido Domingo, María Callas, Ettore Bastianini y
Boris Christoff, representan figuras estelares en dos épocas brillantes del
canto operístico, precedidos y continuados por una pléyade de figuras de
renombre internacional. Todas esas voces pueden escucharse hoy con mayor o
menos precisión en discos compactos CD.
Dentro deeste panorama, el caso de Magda Olivero es algo
excepcional: por la calidad misma de su voz, la extensión de su carrera
artística y la cantidad y excelencia de colegas de ambos sexos que compartieron
con ella la admiración de los públicos de toda Europa. Ello confirma la prolongada
permanencia artística de la Olivero en los escenarios operísticos
internacionales. Su vida artística tuvo una vigencia de medio siglo.
Sin embargo, como cosa extraña, la Olivero nunca cantó en
el Covent Garden de Londres o el Teatro Colón de Buenos Aires, y llegó a
debutar tardíamente en el Metropolitano de Nueva York. Sus grabaciones de
óperas completas en estudio se limitaron a “Turndot,
de Giacomo Puccini, con Francesco Merli y Giana Cigna; Fedora, de Umberto
Giordano, con Mario del Mónaco; y fragmentos de Francesca da Rimini, de Ricardo Zandonai, también con Del Mónaco.
En cambio. las “grabaciones piratas” fueron numerosísimas, algunas de óperas
completas y la mayoría de escenas sueltas y arias., lo que parece indicar que
sus admiradores en el mundo entero fueron más perspicaces y entendidos que los gerentes
de sellos disqueros y administradores de grandes teatros como el Covent Garden
de Londres o el mismo Metropolitano de Nueva York, en el cual vino a debutar tardíamente
en 1975, con la Tosca de Puccini, a
la edad de 65 años, recibiendo al cierre de cortina una prolongada ovación de
veinte minutos, hecho insólito en dicho coliseo.
Olivero visitó a Caracas en dos ocasiones, la primera
invitada por la Asociación Venezolana de Concierto, catando Manón Lescaut, de Giacomo Puccini y Adriana Lecouvreur, de Francesco Cilea;
en la segunda visita, 1969, contratada por la Ópera Metropolitana de Caracas (OMAC)
para dos conciertos con acompañamiento de piano.
En general el repertorio operístico de la Olivero estuvo
basado en la corriente verista de los compositores Prieto Mascagni, Giacomo
Puccini, Francesco Cilea, Alfredo Catalani, Franco Alfano, Jules Massenet, Ruggiero
Leoncavallo, Umberto Giordano. Aparte de estos compositores, Olivero cantó en
1954 para el Maggio Musicale Fiorentino, Mazeppa,
de Peter I. Tschaikovsky, con el barítono Ettore Bastianini, el bajo Boris Christoff y el tenor estadounidense
David Poleri. Y fue siempre inigualada
en la Traviata, temprano asomo
verista, de Giuseppe Verdi, el más grande compositor italiano de ópera del
siglo diecinueve.
Antes de su tardío debut en el Metropolitano de Nueva
York con Tosca, Olivero había
debutado en los Estados Unidos, en Dallas, con Medea, de Luigi Cherubini. Su éxito fue tal que la crítica la
comparó con la cantada por María Callas.
Tiempo después, en Nueva York, acompañada por la Orquesta Filarmónica de
la ciudad, cantó La voz humana, del
joven compositor Francis Poulenc, basada en el monólogo de Jean Cocteau. Era el
año 1981 y ya se cerraba una carrera artística de aproximadamente cincuenta años,
cubriendo tres generaciones, algo sorprendente en un campo tan exigente y
competitivo como el del canto lírico de altura.
Durante
todo ese tiempo, Olivero se vio forzada, por
razones personales, a interrumpir su carrera por diez años, (1941-1951)
y regresó a los escenarios debido a ruegos del compositor
Cilea, quien le expresó que no quería morir sin oírla cantar su opera Adriana Lecouvreur, petición que no se pudo
cumplir a causa del fallecimiento del
compositor en 1950.
Con todo y ser una figura estelar en el campo operístico
que eligió para sí, Olivero nunca fue lo que en el mundo deslumbrante de la
ópera se llama una “Diva”. A ella jamás la acompañaron publicidades ruidosas, y
menos aún escándalos personales o profesionales por motivo alguno. De su
persona puede decirse con cabal propiedad que fue y será siempre una singular
Dama entre las más célebres sopranos líricas, de las últimas tres cuartas
partes del siglo veinte. Sobre todo por algo fundamental que no hemos señalado hasta
ahora:: su primera categoría de singing
actriz –cantante-actriz- que fusiona voz y gestión corporal en un todo armónico de convincente expresión
dramática. De no haber sido cantante, Olivero pudo haber sido muy bien otra Eleonora
Duse de las tablas.
El 25 de marzo del presente año 2011, Magda Olivero
cumplió ciento un años de existencia, en perfectas condiciones de lucidez mental
y trato afectivo, en su apacible hogar de la calle Corso Magenta de Milán.
Ha sido verdaderamente conmovedor verla y oírla hace poco
a través de la red en un cálido homenaje de cumpleaños, con su figura esbelta y
su cabello blanco, cantar junto al piano
y micrófono en mano unas pocas frases de la romántica Francesca da Rimini de Ricardo Zandonai.
El autor es crítico artístico y literario.
...................................Para ver todos los posts pulsa el título de esta página.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No Response to "Una leyenda del canto lírico"
Leave A Reply
Deja tus comentarios, nos interesa: